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Terra
La Coctelera

CUENTO DE BARLOVENTO

Y ASÍ OTRO DÍA

Llevo rato sentado a la puerta de mi rancho, está tan oscuro como el interior de una osera, pero los chillidos de las guacamayas y la algarabía con la que contestan las guacharacas, avisan de que en minutos amanecerá.

Comienza a enrojecer el cielo, la montaña, cubierta de un espeso manto de bucares, pinos y apamates, parece más violeta que verde. Los primeros rayos del sol que asoma por el horizonte, provocan un estallido de amarillos, sobre un azul que parece tan sólido que no se sabe como puede flotar en el aire.

GuacamayasLa bandada de guacamayas vuela de copa en copa de los árboles más altos, punteándoles de un intenso tricolor que parece mágico, las guacharacas, que sólo las persiguen para molestarlas, están ya tan ruidosas que parece que estuvieran desplumándolas vivas. Entre tanto bullicio, no se entiende como una pereza alarga con tanta parsimonia un brazo para arrancar un puñado de hojas de yagrumo y desayunar como si fuera el único ser vivo del mundo.

LagartijaEl sol empieza a calentar el suelo y de infinitos agujeros empiezan a salir lagartijas tornasoladas, ostentosamente brillantes, que primero asoman la cabeza con cautela por si las está esperando un gavilán tempranero, y luego salen disparadas como si ya supieran exactamente a donde tienen que ir. Con el calor empiezan a cantar las chicharras, el aire parece húmedo. Luce el sol radiante en un cielo totalmente despejado, pero el continuo, omnipresente, crujido de las chicharras, presagia que no tardará en caer un aguacero.

Han cesado en sus gritos las guacamayas, ahora se dedican a picotear mangos, las alborotadas guacharacas han debido marcharse lejos.

Los viejos no dormimos mucho, como no sea pasados de caña…, con dos o tres horas tenemos. No sé por qué, para lo que hacemos...

Negras de Barlovento

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un grito me saca de mi ensimismamiento:

-¡piazo'e viejo! ¿otro dia que amaneció? Es la negra Feliciana; ¡Ay, mi negra! si no fuera por ella... cuantos años... tanto tiempo... ella me sigue cuidando, me trae la comida, las nuevas, me lleva... de vez en cuando me ama y siempre parece contenta.

-Negra, bella, ¿y tú qué harás el dia que yo no amanezca?

-¡gua,gua,gua! sacate'e abajo'el colchón la foto mia pa`que naiden la vea.

-¿Y tú qué sabes si tengo enterradas morocotas?

-¡Ja!, si tuvieras una sóla tarias pa'la capital...

Hoy me trae dos cachapas con queso de mano entremedio, empiezo a comer mientras la miro y ella con su mirada me reta; ya no es aquella hembra que provocaba tantas peleas, pero conserva esas carnes tan prietas... tan redondas... ¡que hermosa negra!. Ella tiene su marido, que me conoce y sabe de su componenda, pero también que quien estuvo antes estuvo primero y por eso no le importa.

Recuerdo cuando vivía con ella en el pueblo, me parecía que no bastaba..., ¡y tan feliz que era...! le dije que esperaba más de la vida y me fuí a la ciudad a buscar fortuna, no hallé nada de lo que buscaba, pero tarde mucho en volver. La encontré hermosa, queriéndome todavía, pero ya estaba muy bien atendida. Me busqué este conuquito para pasar los días y vaya que si han pasado, ni de los años que llevo aquí me recuerdo, pero podía haberme ido peor... recuerdo aquel hombre, ¿como se llamaba?... tenía muy mala suerte, mucha de la muy mala. Decía que si montaba un circo le crecían los enanos. Había querido tener una granja de gallinas y los dos mil pollos que compró no crecieron mas que hasta 200 gramos y gastó su capital tratando de engordarlos; quiso probar sembrando plátanos y le salieron cambures, que por su zona nadie comía y gastaba más de lo que producía en llevarlos a la ciudad para mal venderlos; cuando le contrataban para alguna obra, a los tres días de empezar embargaban al contratista y se quedaba con lo sudado y sin paga. Vamos, que llevaba ya diez años en que no lograba sacar provecho de nada y se había convencido de que tenía que ser por algún mal de ojo que le habían echado. Así que vivía deprimido y todo el tiempo mal encarado. Al fin se decidió: "Voy a irme a Cumbo a que me despoje una bruja" y agarró el camino hacia el famoso poblado.

Caminó horas, porque hasta allí sólo se podía llegar andando, al llegar preguntó por la negra Tomasa; le habían dicho que ella era la mejor santera de por esos lares, le indicaron un ranchito en la orilla de la quebrada, rodeado de matas de cariaquito morado que le dieron mala espina: "A ver si esta sólo va a ser una cuentista" se dijo, pero se acercó. La negra estaba sentada en un banquito arrimado a un mango, la única sombra que había, al verlo venir le grito: -"¡Zape muchacho, tú si que estás cargado!" - "Hay que bañarte con cariaquito morado". El hombre se decepcionó, - Señora, yo creí que usted era bruja de verdad, lo mío necesita un despojo de los parejos. La vieja lo miró un momento y contestó: - Tienes razón, te voy a mandar un baño de los buenos, mañana a estas horas serás el hombre más feliz de tu pueblo.

Encendió un tabaco y arrancó unas ramas de ruda mascullando unas oraciones, empezó a dar vueltas a su alrededor mientras le azotaba con las ramas y le echaba encima el humo del tabaco. Así pasó un rato, luego Bola'e nieveentró en el ranchito y salió con un papelito todo arrugado; - Vete y compra todo esto en la perfumería del negro Bola'e nieve, que te dé por lo menos para un cubo, lo mezclas todo bien y cuando llegues a casa te lo echas por encima de la cabeza y ya verás que te olvidas de todos tus males El hombre le dió un par de billetes, también arrugados, como pago, y se despidió un poco mosqueado.

Entró al pueblo con el tiempo justo para llegar a la perfumería, - Esto es muy bueno. Le dijo el negro, y le entregó cuatro botellas con un líquido verdoso. Cuando llegó a su casa arreciaba una fuerte tormenta, empezó a bañarse con aquello bajo un chaparrón de truenos y centellas. Mientras se mareaba por el espantoso olor de aquel mejunje, que era poco más que una mezcla de aguardiente con amoniaco y naftalina, pensaba en que aquellos truenos eran la mala suerte que salía de su vida. Tanto se mareó que perdió el conocimiento y cayó, golpeándose durísimo en la cabeza.

Cuando despertó no sabía donde estaba, ni quien era, ni qué hacía.

La última vez que lo ví andaba sonriente paseando por la placita del pueblo, todo el mundo lo tenía para los pequeños recados y a cambio le ayudaban a mantener casa, ropa y comida. Decían que era el hombre más feliz del pueblo.

Pero de aquello hay que ver el tiempo que ha pasado, en el pueblo ya tienen hasta calle con aceras y una parada de camionetas que a cada rato salen para la capital llenas. ¡Hasta en Cumbo han puesto una perfumería y tienda!

¡Cómo había que caminar cuando yo era muchacho!. Recuerdo, de cuando estudiaba, a mi maestra Carmen, tan menudita y tan buena, y lo famosa que se hizo por el cuento que echaban de ella: Había estado todo el fin de semana lloviendo, las nubes, más que grises, negras, no filtraban ni un rayo de sol. La tormenta parecía haberse anclado sobre Río Chico y los relámpagos no cesaban de estallar en traqueteantes truenos. La maestra Carmen apenas oía los estruendos, hacía años, un rayo, caído cerca de su casa, le había dado tal susto, que estaba casi sorda. Para nunca más asustarse había decidido oír sólo cuando le diera la gana. Era lunes primero de octubre y el viento del norte, propio de esas fechas, amenazaba con mantener aún más días el aguacero. Las calles estaban hechas un barrizal y varias zonas se habían anegado, la carretera hacia San José y El Guapo estaba interrumpida a la salida del pueblo y sólo gracias a unos vecinos, que pasaban en curiara a los que necesariamente tuvieran que ir a uno u otro lado, Río Chico no estaba incomunicado. La vía del ferrocarril estaba bajo un metro de lodo.

AguaceroCarmen ya estaba colando su café a las cuatro de la madrugada, con lluvia y todo habría clases. Ella era la maestra del caserío de San Fernando y allá, en la montaña, la lluvia no causaba tanto estrago. Las clases se impartían en un anexo a la capilla, que disponía de buen techo, así que muchos niños estarían mejor que en sus ranchos. Mientras mojaba en su guayoyo trocitos de casabe, repasó mentalmente su rutina: tenía sobre la mesa el texto de las clases, el cuaderno, los dos lápices, el sacapuntas, dos tizas, unas cuantas monedas de a puya, de a real y de a medio, su cédula, la llave de la casa, el pañito, la estampita de la Virgen de las Mercedes, el cambur y la naranja. Tenía que buscar las bolsas. Las sombras que proyectaban los dos candiles del cuarto hacían que pareciera más alta, ella se movía silenciosamente sólo rozando el suelo. Estuvo un rato seleccionando y pasando un pañito, a unas bolsas de las que vienen con harina, para así poder organizar sus cosas. Cuidadosamente fue guardándolo todo, los dos lápices y el sacapuntas en una bolsita, las tizas en otra, las monedas, la cédula, la llave y la estampita en una más y, aparte, el cambur y la naranja. Detrás de la puerta estaba colgada una bolsa más grande, de las de ir al mercado, y en ella fue metiendo las otras. La de la cédula y la estampita la cerró con una cabuyita y la dejó atada al asa de la bolsa grande. Luego metió el texto, el cuaderno, y por último los zapatos de dar clase envueltos en un paño. El camino lo haría en alpargatas. La naranja y el cambur los llevaba a mano, junto con el pañito, decía que si alguno intentaba robarle, gritaría: ¡llévate mi desayuno!, tirándole con las frutas, y así la dejaría tranquila.

Como a las cinco estaba saliendo de casa. Bajo el inmenso paraguas parecía una niñita. En cuanto llegó a la calle de la estación, que era de las más inundadas, encontró quien la subiera en curiara hasta la vía del tren, más arriba del puente, donde había suelo firme. Conocía a todo el mundo y todo el mundo la quería. A pesar de ser muy joven la consideraban una sabia maestra y muchos le agradecían que se preocupara por cualquiera que tuviera un problema. Nada más empezar la carretera al El Guapo estaba la casa de Matea y el Güigüe. La negra estaba en el zaguán montando el budare para las arepas del marido, y al verla le gritó:

- ¡Carmen!, ¡mi'ja!, ¿a'ónde va con e'ta o'curiá?

Güigüe- A dar mis clases Matea, que empiezan a las siete en San Fernando y ya sabe... un ratito a pie y otro caminando.

- ¿Y no te'a mieo te sarga un espanto?

- ¡Ay, Matea, pa'espanto los carajitos que tengo en clase! - ¿y el tigre? mientan que pa' El Pegón anda un tigre...

- Si me sale, le doy un paraguazo y ya...

- Mija, espera'te de una contra.

La negra se acercó a una mata de ruda que tenía bordeando la casa, cortó una ramita y poniéndosela a Carmen sobre una oreja le echó una bendición:

- ¡Dió me la bendiga, mi'ja!

- Gracias Matea, ¡hasta luego, Güigüe! - se dirigío al negro que asomaba, ya con la atarraya para lebranches al hombro.

Se fue riendo, pero miró para cerciorarse de que la bolsa con la cabuyita seguía en su sitio.

Camino a San FernandoSan Fernando estaba a unos diez kilómetros, le quedaba un buen rato de camino y como media hora de noche, que estaba oscurísima, pero había amainado algo la tormenta y el olor que desprendía el monte parecía dar fuerzas. Carmen pensó que si por ese camino había espantos ese no era el momento para salir, los espantos deben ser más bien comodones y saldrán en las cálidas noches del verano, animados por el cantar de grillos y no por este croar de ranas. Y el tigre... ya había visto tigres y cuando te ven de lejos corren a esconderse.

El amanecer fue una sorpresa, hacia el oeste se habían abierto claros y parecía más bien el ocaso, pero como el viento corría hacia oriente significaba que la tormenta en ese día pasaría. Empezó a clarear y con ello el bullicio de la naturaleza, el ir y venir de las bandadas de pericos, el griterío de los monos, la cháchara de las guacharacas... A esa hora, el tigre que habían visto por El Pegón buscaba pesadamente dónde pasar la digestión que le esperaba. Esa noche no había dejado más que los huesos de una lapa desafortunada que se atravesó en su camino. Al poco rato estaba completamente dormido.

La maestra Carmen iba ya por la mitad del camino, todavía caía una llovizna que no le había permitido cerrar el paraguas, pero la mañana estaba agradable. Trataba de recordar que tareas había encargado a sus alumnos tigre en la mata de mamónpara ese día, cuando reconoció a poca distancia una mata de mamón que ya conocía. Estaba tupida y se veía cargadita. - ¡Mira qué bien! Ya tengo resuelto el resto del camino. Un par de racimos de mamones la distraerían hasta llegar a la escuela. Se acercó a la mata y, ya debajo de ella, al apartar el paraguas para poder agarrar los mamones, se encontró, justo encima de su cabeza, con el morro del tigre que estaba entre dos ramas plácidamente dormido.

El grito se oyó de San Fernando a Río Chico.

Tuvo la precaución de poner el paraguas hacia su espalda como para protegerse del tigre y salió disparada carretera arriba. Aunque parezca mentira, no paró hasta llegar a la plaza de San Fernando, y llegó gritando:

- ¡que viene el tigre!, ¡que viene el tigre!

Claro, ella no miró ni una sola vez para atrás durante su carrera, si lo hubiera hecho, habría visto que el tigre no la seguía. No la seguía porque el pobre animal al despertar con semejante alarido y ver la negrura del paraguas como una inmensa boca que se lo comía, se cayó de la rama, pero además algo debió fallarle en su corazón, porque le dió un tembleque por unos momentos y cayó de lado, rígido, todo estirado y del todo muerto.

Al poco rato, pasando por allí unos conuqueros, lo encontraron. Al verlo sin señal de ningún ataque, tan recién muerto y tan duro como si fuera de palo, la conclusión fue más que obvia:

- A este tigre le salió un espanto. - y se corrió la voz de que los espantos también “mataban tigres” de vez en cuando.

La maestra Carmen cuando se enteró, no entendía muy bien, pero terminó aceptando que sí, que el tigre se había muerto “de espanto”.

Hace ya años que no sé de ella, se había jubilado pero seguía igual de querida y buena. Me dijeron que los niños todavía cuando la veían gritaban: "¡tigre! ¡cuidado! ¡que ahí viene la maestra!"

El día ha sido fresco, el palo de agua que cayó temprano dejó al cielo clarito. Se me ha pasado el tiempo entre recuerdos y el repaso al libro de geografía que traje de la ciudad en el tiempo de mis sueños, en que el mundo no parecía estar lejos..., o simplemente el mundo no era tan pequeño..., o yo era más grande..., o con más fuego... Ya casi es de noche. Ahí viene Feliciana.

Mi rancho

-¡viejo!, ¿ti'e gana'eun poco'e chigüire?

No se olvida de mi, como todos los días, desayuno y cena. Además todos los dias me trae unas flores amarillas con pintas negras, color "cambur pintón" digo yo. No sé qué son ni de donde las saca. Llega, me da un codazo, y entra al cuarto con la ollita de mi cena. Enciende el candil, saca las flores viejas, echa el agua de la lata para fuera, por encima de mi cabeza, y pone agua para las flores nuevas. Me levanto y me acerco por detrás hasta ella, como siempre, se me restriega un poco y espera, por ver si yo le sigo el juego. Hoy me conformo con respirar sobre su nuca el olor a verde, a naturaleza, a hembra..., fingiendo hastío me da un codazo y da la vuelta para mirar hacia las flores:

- por si esta noche te mueres, por lo'meno amane'ca florido

Me aparta de otro codazo y sale:

-¡a comé y a domí, piazo'e viejo!

-¡gracias mi negra, bella, hasta mañana cosa buena!

Se va. Y a mi me queda eso, comer y dormir, esperando a que la noche y el frío del sereno me den sueño. Mientras pienso, pienso... Y espero a mi Feliciana con más arepas o cachapas con queso.

Justo Guerrero

Palabras de uso común en Venezuela

  • Pereza: Perezoso, grotesco mamífero arbóreo de extremadamente lentos movimientos.
  • Chicharras: Cigarras
  • Morocotas: Monedas de oro de la época colonial
  • Cachapas: Tortitas asadas a base de maíz amarillo
  • Conuco: Pequeño terreno para cultivo
  • Plátanos: Plátano "macho" plátanos grandes, amargos, para freir y cocinar
  • Cambur: Llamado plátano en España
  • Despojo: Sortilegio para cotrarrestar una maldición o brujería
  • Quebrada: Barranco en Canarias
  • Cariaquito morado: Planta con cuyas flores se preparan baños para mejorar la suerte
  • Parejo: Fuerte, grande
  • Ruda: Planta utilizada en brujería y como amuleto
  • Curiara: Canoa fluvial
  • Guayoyo: Café clarito, poco cargado
  • Casabe: Tortita asada a base de yuca
  • Cédula: D.N.I.
  • Cabuya: Cordel
  • Budare: Plancha redonda de hierro sobre la que se asan las arepas, cachapas, etc.
  • Espanto: Fantasma que aparece con el ánimo de asustar
  • Carajito: Niño
  • Contra: Amuleto protector
  • Atarraya: Red de pesca
  • Lapa: Mamífero mediano, silvestre, de carne exquisita
  • Mamón: Árbol y fruto de cáscara frágil con pulpa escasa, muy dulce, de consistencia viscosa
  • Palo de agua: Fuerte lluvia tropical de poca duración
  • Chigüire: Pequeño mamífero silvestre de carne apreciada
  • Cambur pintón: Plátano ya muy maduro

Otro cuento...

Noche de San Juan

En Barlovento nunca sabes si el calor está afuera o te sale de adentro, es un calor total, que forma parte de las gentes, del aire, de las piedras... como si todo fuera una misma cosa. Levantas una mano y lo palpas, te sale en el aliento, lo sientes en cualquier abrazo.

Pero aquella noche era singular, era la noche de San Juan y el aire quemaba. Habíamos cerrado la calle principal para bailar tambor, un pipote lleno de ramas ardiendo en cada esquina alumbraba la fiesta. En el suelo había charcos de sudor mezclado con aguardiente y todo el mundo bailaba con su propia sombra, que lo hacía por su cuenta gracias a la magia que le brindaban las llamas.

Yo me desahogaba dándole palos al mina y sin quitarle ojo a una hermosa negra que se contoneaba alrededor como si volara. La negra a veces me miraba y sonreia, entonces me hacía perder el ritmo y se reia. En una de sus vueltas me pasó por detrás y la oí decir "dale más duro flaco", bastó para que se me rompiera el palo y saliera la mitad volando, un chamo me paso otro enseguida, pero yo ya no estaba para tambores, entregué los palos al que tenía al lado y me puse a zapatear alrededor de la negra.

Eso animó a otros varones a formar corro y temí que se me perdiera, así que tomándola de la mano le dije: "ven negra, vamos a montar otra hoguera" y sin esfuerzo la hale fuera.

Camino a mi casa ella seguía contoneándose como si bailara, reía sin parar y a mí el corazón ya me sonaba más que los tambores. Cerrando la puerta de casa la apreté contra mí buscándola, "¡aguántate! ¡déjame bailar otro rato!" me dijo traviesa.

Era una delicia verla, así que cómo no tener paciencia. Había un montón de ramas en el medio del patio, podadas del cerezo hace varios días, las rocié con ron y les metí candela. En un momento la casa se llenó de sombras que seguían los insinuantes movimientos de la negra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los tambores se oían cercanos, me senté con la botella y me puse a seguir el ritmo palmeando uno de los tocones que me servían como asientos. Esa hembra me tenía hipnotizado, se reía sin parar y bailaba con un ritmo endiablado, de vez en cuando se acercaba a por un buche de ron que lanzaba sobre la hoguera para ver como se lo agradecía con llamaradas y chisporroteos.

Empezó a desnudarse y a lanzar su ropa al fuego, "¡tu estás loca muchacha!" le grité, pero era incapaz de parar aquel espectáculo que me regalaba el cielo o el infierno, la negra parecía que ardiera, mis manos ya ardían de tanto palmear la dura madera, "¡vente pa'ca diabla!", "¡ya no puedo contener más a quién te está pidiendo!", la negra siguió dando vueltas a la hoguera, desnuda, feliz, la veía como fundiéndose con el fuego... de pronto..., no la vi más.

"¡Negra, ¿dónde estás bandida?!" grité mientras corría a la hoguera, por los pasillos, las habitaciones, el cobertizo, el platanal del fondo... no estaba. Fui a salir a la calle y la puerta estaba cerrada, "¿Por dónde habrá salido esa loca?", "¡no le sé ni el nombre!, ¡y mira que está buena!". En la calle no se veía a nadie, la gente estaba reunida más abajo, en la principal.

Estaba completamente aturdido, debía ser alguna broma muy buena, busqué un tabaco y me fui al chinchorro a terminarme la botella.

Por la mañana pregunté por ella; nadie se acordaba, ni por señas.

Y no he vuelto a verla, pero hay algo que me atrae en las hogueras.

Vamos a echar otro cuento...


YA NO SE DIVIERTE


No, no me remuerde la conciencia, ni tampoco me han entrado ganas de pagar por mi culpa. Simplemente me voy a mudar muy lejos y quiero que los demás sepan que yo ayudé a acabar con ese fastidio.

Aquel viejo nos tenía hartos a todos los vecinos. Salía todas las mañanas con aquel perro obeso, de un color parduzco indefinido y lógicamente con la misma expresión huraña y estúpida que su dueño. Lo llevaba amarrado, sí, y bien sujeto a su muñeca; pero cada vez que el perro saltaba ladrando, hacia cualquiera que viera a menos de diez metros, el desagradable anciano daba todavía tres o cuatro pasos antes de frenar al animal, como para decir: - mira que si no lo paro… te come vivo.

Yo veía como asustaba a los niños, a las señoras que venían de la compra, a todos los que se encontraba… pero claro, lo que no aguantaba es que me asustara a mí. Cada mañana, a pesar de yo estar ya prevenido, coincidía mi salida al trabajo con la llegada del infame vecino a la puerta de mi casa, e, invariablemente, el perro me sobresaltaba. Nunca llegó a acercárseme demasiado, pero me irritaba terriblemente la risita del viejo y su: - “¡que lo llevo amarrao! ¡no se asuste!”

El inefable vecino vivía en unas escaleras a media cuadra de mi casa, unos veinte escalones mas arriba de la acera, yo ya le había visto bajar con cuidado hasta la calle, que era donde el encontraba su motivo de diversión todos los días – asustar a los pobres transeúntes con su energúmeno perro – así que no me fue difícil suponer qué pasaría si un día cayera por esas escaleras.

Lo demás es fácil de imaginar. Harto ya de sobresaltos decidí darle yo a él uno.

El día del fatál accidente simplemente salí de casa un poco más temprano, el viejo supongo que estaría mirando su reloj, para ajustarse a mi salida y cumplir con el ritual de reirse un poco de mí. Me detuve a un lado del final de la escalera, tras la esquina de la casa contigua y esperé. ¡Que puntualidad! Oí la puerta de su casa justo cuando yo debería estarme preparando para salir por la mía, conté… uno…, dos…, tres pasos, y me asomé de repente. El perro no titubeó, saltó hacia abajo tomando al viejo completamente desprevenido. Alcancé a ver su mirada de indignación un instante y aterrada después, mientras caía tras su perro dando volteretas por la escalera. No esperé a que llegara abajo, seguí caminando hacia mi puerta y vi como el perro, que intentaba seguirme, quedaba anclado al peso muerto de su amo.

Frente a mi puerta me volví, ya había gente que se acercaba y yo también lo hice.

Los comentarios eran todos parecidos: - ¡No se acerquen! - ¡Puede estar rabioso! - ¿Cómo podía llevar ese perro? – ¡Por eso le paso!

Lo cierto es que sí, por eso le paso.

A propósito de la Democracia


Está ahora muy de moda recurrir a la palabra “democracia” cada vez que se cae en algún dilema que nuestro corto entendimiento no nos permite objetivizar.

Los gobernantes, por supuesto, y también por supuesto, sobretodo los menos democráticos, se llenan la boca con esta palabra que se supone zanja matemáticamente los más difíciles problemas.

Pero, ¿hemos pensado alguna vez en si realmente es la mayoría la que tiene la razón?

La realidad nos permite observar continuamente como no son las mayorías las que impulsan el progreso del mundo.

Es fácil determinar que en cualquier parte en que se hiciera lo que a la mayoría de la gente le apetece se generaría inmediatamente un catastrófico caos.

Es igual de fácil determinar que una minoría de personas es la que puede lograr que la mayoría restante pueda progresar. Entonces, ¿En qué se basa la democracia?

Atender a la definición por antonomasia de que es “el gobierno del pueblo” parece a todas luces una barbaridad, ya que hemos dado por entendido que si se hiciera siempre lo que la mayoría del “pueblo” quiere iríamos hacia el completo desastre.

Lo razonable es asumir el significado de su coletilla: “…y para el pueblo” y entender que la democracia debe consistir en el gobierno de una minoría, pensando en el bienestar de la mayoría, aunque ésta no comprenda lo que se está haciendo. O sea, que nos encontramos con otro problema: ¿Cómo decidimos quiénes nos van a gobernar?

Igual de fácil es que la mayoría se equivoque al tomar una decisión a que lo haga en la elección de su gobernante. De hecho, los candidatos que más suelen calar en los afectos de las mayorías frecuentemente lo hacen por sus dotes de cinismo y su falta de vergüenza, en vez de por sus facultades para gobernar o su idealismo.

¿Cómo hacer entonces?

Definitivamente la democracia es perfectible. El fondo de la cuestión es como llegar a un sistema en que realmente la gente participe en el gobierno, asi sea mediante la elección de sus representantes, sin que ésto pueda ir precisamente en su perjuicio y en no olvidar la máxima de que la democracia se sustenta precisamente en el respeto por las minorías

Un primer cuento...

AMOR CORRESPONDIDO

He llegado al límite de mi aguante. Traté de olvidarte buscando a quien pudiera sustituirte, pero ha sido imposible, ella mas bien me obliga a odiosas comparaciones que me hacen sufrir pensando en todo lo que he perdido.

Recuerdo bien lo que me costó acercarme a ti. Te veía a través de los cristales del escaparate de tu tienda… tan bella, tan sensual. Me parecías inaccesible y pensaba que tenías que tener tantos pretendientes que yo no podría aspirar ni a un espacio en tu vida.

Un día decidí averiguar sobre ti, se me iluminó el mundo. Me dijeron que a pesar de tu belleza y tu atrevida apariencia no habías tenido nunca un amante y que eras tan discreta como atractiva. Por fin, me atreví a conocerte. Teníamos que estar hechos el uno para el otro, ya que ese mismo día fue como si nos conocíeramos de toda la vida y nos hicimos amantes.

¡Qué días de pasión aquellos! Tú me enseñaste de mí mismo facetas que jamás había conocido, y con qué gusto te amoldabas a todos mis caprichos.

Viví esos días con la única ilusión de encontrarte en casa, siempre dispuesta a darme tu amor, y siempre satisfecha con el que yo te daba.

No sé como pasó, pero de pronto, empezaste a cambiar, noté que algo te faltaba.

Tú, que nunca me habías exigido nada, te quedabas después de amarnos como si no tuvieras ya interés en mí, sin ganas, como dormida y sin fuerzas, la turgencia de tu cuerpo, que tanto me excitaba, había desaparecido, y hasta en tu expresión se notaba desprecio. Heriste mi tonto orgullo, y te aparté de mí sin esperar a ver tus razones.

Entonces apareció Margarita. Ella fue al principio un refugio para mi desconsuelo. No le comenté tu existencia y se esforzaba en saciar mi necesidad de amor. Pero no era lo mismo. Tú y yo nos conocíamos de veras y para nosotros no quedaba nada oculto en el sexo, nunca te asombrabas, ni negabas a nada, y disfrutabas tanto como yo de nuestros descubrimientos. Es verdad, nunca hablabamos de ello, pero tu expresión cuando haciamos el amor dejaba ver que compartías mi pasión.

Margarita es distinta, a ella he tenido que enseñarle desde el principio a entregarse, a dejarse amar como tú lo hacías. Y no se conforma con ello. Después de una noche de amor desenfrenado, ¿Qué más tú me pedías!, ella se levanta pensando en viajes, televisores, ropa nueva, tonterías. A veces siento que hace el amor por complacerme, como por concederme caprichos y no le veo la expresión satisfecha que a ti te veía.

Definitivamente me tiene loco con sus exigencias, cada día me hace más falta tu amor y ahora sé que debo luchar para recuperarlo.

Conozco tu timidez para con los extraños, eso siempre me ha gustado de ti, yo también soy tímido y me costará buscar a quien nos ayude, pero no podemos seguir así, tú, escondida de mí como si te hubiera repudiado, y yo, mientras tanto, añorandote día tras día.

En la esquina de esta calle hay un taller en que reparan bicicletas, no te avergüences, son profesionales, te tratarán como a una muñeca…

Esta tarde iremos, cuando no haya mucha gente, y seguramente ellos sabrán ponerte un parche que te devuelva la lozanía.

Así volveremos a querernos como antes y… ¡adiós Margarita!